Nosotros lo Papás, somos los eternos exiliados en la cultura popular familiar. Desde las canciones de cuna, como la famosa “Arepita” en Venezuela, - Arepita de cebada, pa’ papá que no da nada- hasta refranes populares, que desvirtúan el arte de la paternidad Latinoamérica como, “Padre hay muchos, madre hay una sola”.
Sin embargo y con el devenir de los nuevos tiempos, los padres hemos tomado una participación más activa en la crianza de los hijos. Bien sea porque, gracias a las economías cada vez más golpeadas, las mamás deben cumplir y compartir el rol de proveedoras y por ende, los papás deben contribuir en el rol de la crianza y cuidado de los hijos. O simplemente hemos tomado conciencia de lo importante de nuestro rol, para el desarrollo futuro de esos hijos, niños o niñas, frutos de la unión carnal entre un hombre y una mujer.
Sea cual sea el motivo, lo importante es que lo papás hemos tomado las riendas de la paternidad, tratando de convertirla en un arte, un arte de la supervivencia. Digo que es un arte, porque cada quien hace lo que puede con las herramientas que tiene. Tratando de no repetir aquello que considera un error de sus progenitores, aunque por más que se esfuerza, las repite, en menor medida, pero con la firme intención de ser el mejor papá del mundo.
De supervivencia, porque cada emoción, situación y momento vivido, es nuevo. Nada ni nadie nos pudo preparar para esa vorágine de sentimientos. Desde el mismo momento en que nuestra pareja/esposa/novia, llega con cara de arrepentimiento/alegría/no sé que voy a hacer con mi vida. Entorna los ojos y con voz entrecortada dice: “Estoy embarazada”.
Comienza el descenso vertiginoso, la montaña rusa de sensaciones, desvelos privaciones, responsabilidades y alegrías. Comienza la investigación, hablas con tu papá, con tu abuelo, te haces amigo de padres en tu trabajo. Compras libros, asistes a charlas con tu pareja…
Pero nada de eso lo recuerdas cuando te dicen, -“Y esta agua en el piso que es?” De pronto, se encuentran las miradas y un súbito entendimiento, son los catalizadores del vendaval de movimientos y pensamientos atropellados que hay desde la casa hasta la clínica.
Después, el susto en el estómago, la incertidumbre, las 2 horas de tu mujer/esposa/novia/ pareja en el quirófano. Hasta que por fin, el médico sale. Te felicita y te lleva a ver a tu hij@. Si, el tuyo. Bueno, compartido con la madre de la criatura, pero tan tuyo como de ella.
Lo ves, lo evalúas con la vista, sientes su piel, lo acaricias hasta que su mano se cierra sobre la tuya al roce. Te das cuenta que eres un papá, que acabas de cambiar de rumbo en tu vida, que te has convertido en algo que no sabes como ser. Eres un papá y eres esposo. En pocas palabras en un Súper Papá.
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